Stents Coronarios: Elección Adecuada y Papel de la Enfermería

Stents Coronarios: Elección Adecuada y Papel de la Enfermería

Publicado el 23 de enero de 2026 Sara Almahano

Del tratamiento de la lesión coronaria al momento de poner el stent

Cuando hablamos de lesiones coronarias, todo el proceso previo de diagnóstico, valoración y tratamiento inicial tiene un objetivo muy claro: llegar al momento de poder colocar un stent coronario en la zona dañada. Todo lo que se hace antes, desde la identificación de la lesión hasta la preparación de la arteria, es un camino que conduce a ese punto final, que es abrir bien el vaso y mantenerlo abierto de forma estable. En el contexto de un infarto o de una lesión coronaria significativa, el procedimiento se orienta siempre a restaurar el flujo sanguíneo donde se ha producido el problema, y el stent se convierte en la herramienta principal para conseguirlo.

Este enfoque hace que el tratamiento previo no sea un fin en sí mismo, sino un medio para que el stent pueda desplegarse en las mejores condiciones posibles. Se dilata la arteria, se limpia la zona, se valora la extensión de la placa y se prepara el terreno para que, cuando llegue el momento de implantar el stent, este pueda quedar bien adaptado a la pared arterial. En definitiva, todo el procedimiento gira alrededor de ese instante clave en el que se decide qué tipo de stent se va a colocar y cómo se va a posicionar para que cumpla su función durante muchos años.

Objetivo principal del procedimiento: colocar un stent coronario

El objetivo principal del procedimiento coronario intervencionista es colocar un stent justo en el lugar donde se ha producido la lesión o el infarto, de forma que la arteria recupere un calibre adecuado y la sangre pueda circular sin obstáculos. No se trata solo de abrir la arteria de manera puntual, sino de mantenerla abierta en el tiempo, y ahí es donde el stent coronario cobra todo su sentido. Este pequeño dispositivo metálico actúa como una especie de andamiaje interno que sostiene la pared del vaso y evita que vuelva a cerrarse.

Al entender el procedimiento desde esta perspectiva, se ve claramente que el éxito no depende solo de “poner algo” en la arteria, sino de elegir bien ese “algo” y de colocarlo con precisión. El stent debe adaptarse a la anatomía concreta del paciente, a las características de la lesión y al contexto clínico en el que se ha producido el evento coronario. Por eso, el momento de decidir qué stent utilizar y cómo implantarlo es el núcleo del tratamiento, y de esa decisión dependerá en gran medida la evolución posterior del paciente.

Alternativas especiales: balón fármaco y situaciones concretas

Aunque el objetivo principal suele ser colocar un stent, existen situaciones especiales en las que se recurre a otras estrategias, como el uso de balón fármacoactivo. Este tipo de balón se reserva para casos muy concretos, por ejemplo, en bifurcaciones complejas o cuando aparece una restenosis dentro de un stent ya implantado previamente. En estos escenarios, el balón fármacoactivo puede ayudar a tratar la zona sin añadir una nueva capa de metal, lo que a veces resulta ventajoso.

Sin embargo, estas alternativas no cambian la idea central de que, en la mayoría de los casos, el tratamiento definitivo pasa por implantar un stent en la zona de la lesión. El balón fármacoactivo se entiende más como una herramienta complementaria para problemas específicos que como un sustituto general del stent coronario. Por eso, cuando se habla de tratamiento coronario intervencionista, sigue siendo fundamental centrarse en cómo elegir y colocar correctamente el stent, dejando el balón fármacoactivo para esas indicaciones más particulares.

Tipos de stents coronarios: marcas, diámetros y longitudes

Cuando llega el momento de implantar un stent, no basta con decir “ponemos un stent y ya está”; hay diferentes marcas, distintos diámetros y varias longitudes posibles, y todo eso hay que valorarlo con cuidado. Cada paciente tiene una anatomía concreta, cada arteria tiene un calibre determinado y cada lesión tiene una extensión específica, de modo que la elección no puede ser genérica. La variedad de stents coronarios disponibles responde precisamente a esa necesidad de adaptar el dispositivo a la realidad de cada vaso y de cada lesión.

Esta diversidad obliga a analizar bien la situación antes de desplegar el stent: medir el diámetro real de la arteria, estimar la longitud de la placa que se quiere cubrir y escoger la marca que mejor se ajuste a las características técnicas y a la experiencia del equipo. No es lo mismo una arteria de gran calibre que una más pequeña, ni una lesión corta que una larga, y el stent debe reflejar esas diferencias. En última instancia, la combinación adecuada de marca, diámetro y longitud es la que permitirá que el stent quede bien aposicionado y reduzca al máximo el riesgo de problemas futuros.

Elección del diámetro del stent y riesgos de infradimensionar

La elección del diámetro del stent es uno de los puntos más críticos, porque un error en este aspecto puede condicionar el resultado a medio y largo plazo. Si, por ejemplo, la arteria mide 3 milímetros y se coloca un stent de 2,5 milímetros, ese stent quedará infradimensionado respecto al vaso real. A corto plazo puede parecer que la arteria está abierta, pero con el paso del tiempo ese espacio mal ajustado se convierte en un lugar propicio para que se acumule suciedad, placa y material diverso que terminará estrechando de nuevo la luz arterial.

Este fenómeno hace que un stent demasiado pequeño tenga más probabilidad de acabar tapándose, porque no se adapta bien a la pared y deja zonas donde el flujo no es óptimo. Por eso, medir con precisión el diámetro de la arteria y ajustar el stent a ese tamaño es esencial para reducir el riesgo de reestenosis o de oclusión. La infradimensión no es un detalle menor, sino un factor que puede marcar la diferencia entre un resultado estable y un problema recurrente en la misma zona tratada.

Importancia de la longitud y la marca del stent

Además del diámetro, la longitud del stent también tiene un papel clave, porque debe cubrir toda la lesión sin dejar segmentos enfermos fuera ni invadir más arteria sana de la necesaria. Un stent demasiado corto puede dejar parte de la placa sin tratar, mientras que uno excesivamente largo añade más metal del imprescindible y puede complicar el flujo en zonas que estaban relativamente bien. Encontrar el equilibrio adecuado en la longitud significa adaptar el dispositivo a la extensión real del problema, ni más ni menos.

La marca del stent, por su parte, no es un simple detalle comercial, sino una elección que se relaciona con el diseño, la flexibilidad y el comportamiento del dispositivo dentro de la arteria. Cada marca ofrece características propias, y el equipo intervencionista suele conocer bien cómo se comportan en distintos tipos de lesiones y anatomías. Elegir una marca u otra forma parte de esa decisión global que busca que el stent quede bien aposicionado, se adapte a la pared arterial y ofrezca la mayor seguridad posible a largo plazo para el paciente.

Aposición correcta del stent a la pared de la arteria

La aposición correcta del stent a la pared de la arteria es, en realidad, el objetivo técnico inmediato una vez se ha elegido el dispositivo adecuado. No basta con desplegar el stent en la zona de la lesión; es fundamental que quede bien pegado a la pared del vaso, sin espacios intermedios donde pueda acumularse material. Cuando el stent se adapta de forma uniforme al contorno de la arteria, el flujo sanguíneo se hace más laminar y se reduce el riesgo de turbulencias que favorezcan la formación de placa o trombos.

Esta buena aposición depende tanto de la elección del diámetro y la longitud como de la técnica de inflado y del control que se hace durante el procedimiento. Un stent bien aposicionado se integra mejor en la arteria y, con el apoyo de la medicación adecuada, tiene más posibilidades de mantenerse permeable con el paso del tiempo. En cambio, cualquier defecto en esa aposición inicial puede convertirse en un punto débil que, tarde o temprano, se traduzca en complicaciones para el paciente.

Consecuencias de una mala aposición del stent coronario

Cuando la aposición del stent no es correcta, las consecuencias pueden ser muy relevantes, incluso si al principio no se perciben de forma evidente. Un stent que no se ajusta bien a la pared deja pequeños recovecos donde la sangre no fluye de manera adecuada y donde se puede ir acumulando suciedad, placa y otros materiales. Con el tiempo, esa acumulación favorece que la arteria se vuelva a estrechar o incluso que llegue a taparse por completo, reproduciendo el problema que se intentaba solucionar.

Además, una mala aposición puede aumentar el riesgo de que se formen trombos sobre el stent, especialmente si se combina con una adherencia deficiente a la medicación antiagregante. Todo esto hace que la calidad de la aposición no sea un detalle técnico menor, sino un factor determinante en la evolución clínica. En la práctica, una mala aposición es una invitación a que el stent se convierta en un foco de complicaciones, mientras que una aposición correcta ayuda a que el dispositivo cumpla su función de forma más segura y duradera.

Tratamiento farmacológico tras la colocación de stents coronarios

Una vez colocado el stent, el trabajo no termina en la sala de hemodinámica; empieza una fase igual de importante, que es el tratamiento farmacológico posterior. El stent, por muy bien elegido y bien aposicionado que esté, sigue siendo un cuerpo extraño dentro de la arteria, y el organismo tiende de forma natural a reaccionar frente a él. Para evitar que esa reacción se traduzca en trombos o en una nueva oclusión, es imprescindible seguir una pauta de medicación muy concreta y rigurosa.

Este tratamiento farmacológico se centra en mantener el stent permeable y en reducir al máximo el riesgo de que se acumule material en su interior. La combinación de fármacos, su dosis y su duración se adaptan a las características del paciente, pero hay elementos comunes que se repiten en la mayoría de los casos. La clave está en entender que la medicación no es opcional ni secundaria, sino una parte esencial del éxito del procedimiento, tan importante como la elección del propio stent coronario.

Doble antiagregación: duración y adaptación al paciente

Tras la colocación de un stent, se indica una doble antiagregación plaquetaria durante un periodo que suele ir, según el tipo de paciente y el contexto clínico, de un mínimo de 6 a 12 meses. Esta doble antiagregación combina dos fármacos que actúan sobre las plaquetas para evitar que se agrupen y formen trombos sobre el stent recién implantado. La duración concreta se ajusta a las características individuales, pero la idea de base es que, durante ese tiempo crítico, el stent esté protegido mientras la arteria se adapta a su presencia.

Esta fase es especialmente delicada porque cualquier interrupción injustificada de la doble antiagregación puede tener consecuencias graves. Por eso, es fundamental que el paciente entienda por qué toma dos antiagregantes, cuánto tiempo deberá hacerlo y qué riesgos asume si decide suspenderlos por su cuenta. La adaptación al paciente implica explicar, acompañar y resolver dudas, de manera que la doble antiagregación no se viva como una carga arbitraria, sino como una parte imprescindible del cuidado de su propio stent.

Medicación de por vida para mantener el stent permeable

Más allá del periodo de doble antiagregación, el paciente suele continuar con medicación de por vida para mantener el stent permeable y proteger la arteria tratada. Aunque la combinación de fármacos puede simplificarse con el tiempo, la idea de fondo es que siempre haya un tratamiento que ayude a que la sangre pase bien, que el stent no se ensucie y que no se acumule material en su interior. Esta medicación crónica se convierte en una compañera permanente del paciente, igual que el propio stent que lleva en su arteria.

Entender esta medicación como algo estructural y no como una fase pasajera es clave para evitar abandonos a largo plazo. El paciente debe asumir que, del mismo modo que el stent se queda dentro de su arteria, la medicación que lo protege también forma parte de su nueva realidad. Esa continuidad en el tratamiento es la que marca la diferencia entre un stent que se mantiene funcional durante años y uno que, por falta de protección farmacológica, acaba convirtiéndose en el origen de un nuevo problema coronario.

Riesgos de abandonar la medicación tras un stent coronario

Abandonar la medicación tras la colocación de un stent coronario es uno de los errores más peligrosos que puede cometer un paciente. Aunque al principio pueda sentirse bien y no note síntomas, la ausencia de tratamiento farmacológico permite que el organismo actúe libremente sobre el stent como cuerpo extraño. Poco a poco, se va acumulando material en su interior, se forman placas y se favorece la aparición de trombos que pueden terminar cerrando la arteria de nuevo, a menudo de forma brusca y grave.

Este riesgo no es teórico, sino muy real: dejar la medicación puede desencadenar un nuevo infarto en la misma zona donde se colocó el stent, precisamente porque el dispositivo deja de estar protegido. Por eso, insistir en la importancia de no suspender los fármacos sin indicación médica es fundamental. El paciente debe comprender que la sensación subjetiva de bienestar no significa que pueda prescindir de la medicación, ya que el peligro se está gestando de manera silenciosa dentro de la arteria.

El stent como cuerpo extraño y la tendencia a la oclusión

El stent, por definición, es un cuerpo extraño dentro de la arteria, y esa condición explica por qué tiende a la oclusión si no se acompaña de la medicación adecuada. El organismo reconoce que hay algo que no formaba parte de su estructura original y, si no se controla esa respuesta, acaba depositando material sobre el stent, como si intentara “cubrirlo” o aislarlo. Con el tiempo, esa acumulación reduce el espacio por donde pasa la sangre y puede llegar a cerrar por completo la luz del vaso.

Esta tendencia natural a la oclusión hace que el stent no pueda entenderse nunca como una solución aislada, sino siempre en combinación con el tratamiento farmacológico. El metal por sí solo no garantiza la permeabilidad; necesita la ayuda de los fármacos para que la sangre fluya sin obstáculos y para que el cuerpo no reaccione de forma excesiva. Recordar que el stent es un cuerpo extraño ayuda a entender por qué la adherencia a la medicación no es un capricho, sino una necesidad fisiológica para evitar que la arteria vuelva a cerrarse.

Papel de la enfermería en pacientes con stents coronarios

En todo este proceso, el papel de la enfermería es absolutamente central, especialmente en lo que se refiere a la educación sanitaria y al acompañamiento del paciente. La enfermera no solo participa en los cuidados inmediatos tras el procedimiento, sino que se convierte en una figura clave para explicar, con un lenguaje cercano, qué significa llevar un stent coronario y qué implicaciones tiene en la vida diaria. Esa cercanía permite traducir conceptos técnicos en mensajes comprensibles que el paciente puede integrar en su rutina.

Además, la enfermería es fundamental para reforzar la importancia de la medicación, resolver dudas sobre efectos secundarios y detectar posibles dificultades de adherencia. Muchas veces, es la enfermera quien percibe si el paciente está confundido, temeroso o tentado de dejar los fármacos, y puede intervenir a tiempo para corregir esa situación. En definitiva, el éxito a largo plazo de un stent no depende solo de la técnica del cardiólogo intervencionista, sino también del trabajo constante de enfermería en el seguimiento y la educación del paciente.

Educación sanitaria y adherencia a la doble antiagregación

La educación sanitaria que ofrece enfermería es la herramienta principal para asegurar una buena adherencia a la doble antiagregación y al resto de la medicación. Explicar con claridad por qué se toman dos antiagregantes, cuánto tiempo durará esa fase y qué puede ocurrir si se interrumpe el tratamiento es una parte esencial de la consulta. Cuando el paciente entiende que la doble antiagregación es la barrera que evita que su stent se tape, es más probable que respete las pautas y no olvide las tomas.

Además, la enfermera puede ayudar a integrar la medicación en la vida cotidiana del paciente, proponiendo horarios, recordatorios y estrategias para no saltarse dosis. También puede detectar creencias erróneas, como la idea de que “si me encuentro bien ya no necesito pastillas”, y corregirlas con argumentos sencillos pero contundentes. Esta labor educativa continuada convierte a la enfermería en un pilar para que la doble antiagregación se cumpla de forma rigurosa y el stent coronario tenga las mejores condiciones posibles para mantenerse permeable.

Cierre: importancia de elegir bien el stent y cuidar el seguimiento

Al final, todo este recorrido nos lleva a una idea muy clara: la importancia de elegir bien el stent y de cuidar el seguimiento es tan grande como la del propio acto de abrir la arteria. Seleccionar la marca adecuada, ajustar el diámetro y la longitud, y lograr una buena aposición a la pared arterial son pasos decisivos que condicionan el futuro del paciente. Un stent mal elegido o mal posicionado tiene más probabilidades de ensuciarse, acumular placa y acabar tapándose, mientras que uno bien adaptado ofrece una base sólida para una evolución favorable.

Pero esa base técnica solo se consolida si se acompaña de un seguimiento cuidadoso, en el que la medicación se respete y la educación sanitaria sea constante. Aquí, el papel de la enfermería resulta imprescindible para garantizar que el paciente comprenda su tratamiento, mantenga la doble antiagregación el tiempo necesario y asuma la medicación de por vida como parte de su cuidado. En conjunto, la buena elección del stent coronario y un seguimiento responsable forman un binomio inseparable que marca la diferencia entre un simple procedimiento y un verdadero cambio en la salud coronaria del paciente. cardiologia, enfermeria

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